La Huella del Oso
La historia de un grupo de 12 osos andinos que intentan sobrevivir en los mismos bosques en los que nace el agua que toman la mayoría de los bogotanos.
Cuando
la encontró ya estaba muerta. No tuvo que atar muchos cabos. Con un
simple vistazo a la escena confirmó sus sospechas. En la inmensidad de
ese páramo sólo un animal podía haberla matado. Su único rival le había
ganado una vez la pelea: el oso de anteojos.
Para Jaime Beltrán,
como para la mayoría de campesinos de Junín, Guasca, San Juanito y
Gachetá municipios aledaños a la zona del sistema de páramos de
Chingaza donde nace el agua para siete millones de bogotanos una vaca
menos es un duro golpe para la economía familiar. Una vaca menos son
siete litros de leche que deja de vender al día.
Todos saben que
llevar a pastar las vacas a esas alturas es riesgoso. Ese terreno de
frailejones es también el del oso de anteojos. Pero o corren ese
riesgo o las vacas se ponen flacas, porque en los potreros montaña
abajo, en épocas de sequía, los pastos escasean.
Las quejas
reiteradas de los campesinos llevaron hace dos años a que Corpoguavio,
la Corporación Autónoma a cargo de este territorio, llamara a Héctor
Restrepo, un veterano conocedor de estos mamíferos. La misión era clara:
buscar una solución para evitar que los osos no siguieran atacando las
reses.
Restrepo aceptó la tarea. El presupuesto asignado apenas
alcanzaba para cubrir los gastos suyos y los honorarios de cinco
guardabosques. “Lo más duro lo vivimos al principio, a comienzos de
2010, cuando empezamos a detectar los senderos por donde se movía el
oso”, cuenta Restrepo al repasar la odisea.
El plan que diseñó
contempló varias estrategias: determinar cada movimiento del animal,
seguir sus pasos, hacer un mapa de sus recorridos. Después de estudiar
qué comía, cuándo dormía y cuándo atacaba. Parecía más el trabajo de un
detective que de un veterinario.
La búsqueda
La
búsqueda lo convirtió en experto. “Una osa se mueve en un rango de 10 a
14 kilómetros cuadrados y un macho alcanza hasta 50”, dice. Luego
recuerda que las caminatas por pendientes, bajo el sol y el agua, eran
difíciles. “Hablamos con los campesinos y nos basamos en su conocimiento
para dar con los primeros indicios”. No es fácil encontrar 12 osos de
anteojos, que conforman el grupo de esta zona, en un sistema de páramos
como Chingaza.
A los senderos del oso llegaron siguiendo las
marcas de sus garras en los árboles. Muchas todavía estaban frescas,
otras ya empezaban a ocultarse debajo de la corteza. Encontraron huellas
en el suelo, tan profundas que delataban los más de 100 kilos que puede
llegar a pesar un adulto. También pelos atrapados en las ramas. Cada
nuevo hallazgo los acercaba un poco más a su objetivo. O eso creían.
El
plan de rastreo tenía un fin: encontrar algunos osos, que por lo
general se mueven solitarios, para ponerle a uno un collar satelital y
poder estudiar sus patrones de movimiento. Cada nueva pista que
encontraban era un aliciente para seguir y olvidar el cansancio, el
sudor y el hambre. Si alguien se preguntaba para qué invertir tantos
esfuerzos en cuidar unos cuantos osos, la respuesta que ofrecía este
grupo de expertos era siempre la misma: son guardianes del agua que
toman el 80% de los bogotanos.
“La gente cree que los osos no
sirven para nada, porque esperan un rendimiento como el que da una vaca o
una gallina, pero la realidad es que el oso está muy ligado a la buena
salud del bosque, que es donde nacen las fuentes de agua”.
Mientras
el oso abre senderos con sus gruesas patas y su robusto cuerpo, permite
que los rayos del sol entren a las partes más bajas del bosque,
ayudando a la regeneración del ecosistema.
Uno de los
guardabosques explica que pronto se dieron cuenta de que los osos de
Chingaza prefieren los aguacatillos, el zapote de monte y los uvones,
que les encanta llenarse el hocico de miel o robarse los huevos de aves
descuidadas. El menú lo descubrieron analizando las muestras fecales.
Esa preferencia por los frutos hace que el oso termine transportando
semillas en distancias de hasta 50 kilómetros, permitiendo el
crecimiento de especies en todo su territorio.
“Un día nos pasó un
oso, pero a mil, pasó rapidísimo, era un juvenil, nosotros sólo vimos
la bola de pelo corriendo a toda velocidad”. Esa fue una de las pocas
veces que pudieron ver uno de cerca. “Usted no se imagina la emoción de
ver un oso por fuera de una jaula, verlo libre, es sentir miedo y al
mismo tiempo alegría”, cuenta Javier Rodríguez, uno de los guardabosques
del equipo.
Con los lugares definidos, estaban listos para la
segunda parte del plan. Compraron 20 cámaras espías y las amarraron en
los árboles más visitados por los osos en toda el área de estudio.
Rodríguez cuenta que el espionaje tampoco fue fácil. Las cámaras están
programadas para capturar imágenes cada vez que detecten movimiento. Así
la caída de una rama o el movimiento de cualquier ave activaba el
obturador.
wsDe las cuatro o cinco mil imágenes que recolectaban,
apenas dos o tres correspondían a sus osos: el oso caminando sin
premura, el oso subiendo al árbol, el oso marchándose. Lo suficiente
para sonreír satisfechos.
La captura
Con
cientos de fotos del oso en su poder y después de aprenderse casi de
memoria el modus operandi de su blanco, había llegado la hora de la
etapa final: la captura. La fase final del proyecto empezó hace dos
meses y consiste en atrapar cualquiera de los individuos por unas horas
para ponerle un collar satelital antes de devolverlo al bosque.
“A
través del collar, que envía una señal de movimiento, vamos a poder
saber cada cuánto se desplaza el animal, los lugares en los que duerme y
cómo es la actividad cardíaca, si está corriendo o está descansando,
también podremos saber si muere”.
Pero la etapa final no difiere
mucho del principio. El oso sigue siendo un contrincante difícil de
engañar. La trampa la diseñó un biólogo ecuatoriano y la hizo un
soldador de Gachetá: un cajón de hierro con suficiente espacio para dos
osos. El lugar elegido fue un pequeño bosque en la parte alta del
municipio de Gachetá. Para subirla fueron necesarias dos mulas que por
poco pierden la carga trepando la pendiente.
Al comienzo no
activaron la trampa, pero sí le dejaron bananos, huesos, miel y, al
frente, la cámara para vigilarlo y poder planear con todo el cuidado la
captura. En las imágenes vieron a una osa con su osezno llevándose las
viandas, vieron un macho adulto. Y entre risas también notaron cómo una
zarigüeya se convirtió en visitante habitual del lugar para robarse los
señuelos.
Hace 10 días activaron la trampa: cuando el oso entrara
al cajón y jalara con fuerza un hueso pegado a una cuerda en el interior
de la misma, movería el seguro de la puerta y quedaría atrapado. Los
primeros días fueron de ansiedad y angustia, ninguno aparecía por el
sitio.
El sábado pasado, Restrepo había bajado al pueblo a hacer
algunas diligencias. Recibió una llamada: el oso había caído. Subió a
toda velocidad con el veterinario, anestesiaron a la víctima, lo habían
logrado. Sin embargo, a la hora de revisarlo y pesarlo se llevaron una
mala sorpresa: su capturado era un osezno, un menor que todavía no podía
cargar un collar de 1 kilo de peso durante más de un año. A esta hora
Restrepo y los cuatro guardabosques siguen esperando atentos a que la
puerta se cierre de nuevo para poder lograr su cometido.
La tarea
no termina ahí, en otra zona del sistema de páramos, de manera paralela
la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá viene adelantando un
proyecto con los campesinos afectados para que no utilicen las tierras
del páramo y recuperen sus potreros con intervenciones más amigables con
el ambiente.
El reto es que el bosque siga siendo la casa del oso y que los campesinos tengan alternativas para su sustento.
Óscar
Humberto Achury, otro de los campesinos afectados, explica así la
problemática: “Nos dicen que tenemos la culpa porque invadimos la casa
del oso, pero no sólo nosotros, la verdad es que todos tenemos la culpa,
así es que lleguemos a un acuerdo. Hay que buscar la mejor forma de
convivencia”.
¿Cómo llegar a Chingaza?
Al páramo se puede llegar por dos vías en vehículo particular:
-Desde
La Calera: saliendo del municipio tome el primer desvío hacia la
izquierda y en el siguiente tome de nuevo la izquierda, hasta llegar a
una escuela abandonada. Desde allí continúe el recorrido de 23 km hasta
llegar a la entrada del parque.
-Desde Guasca: después de pasar La
Calera encontrará una Y, en la que debe tomar la vía que conduce a
Guasca. En el siguiente desvió, a 4,6 kilómetros, tome la carretera
destapada que indica la valla informativa del parque, al lado derecho de
la vía. En el siguiente desvío verá las capillas de Siecha, tome la
derecha y continúe hasta la entrada del parque.
En el páramo podrá
visitar las lagunas de Siecha, la de Chingaza, la de Guasca y la de
Teusacá. Antes de viajar, comuníquese con Parques Nacionales de Colombia
al teléfono 353 2400. El ingreso tiene un costo de $11.000 para
particulares y $7.000 para estudiantes.
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